El experimento de Seligman: Acostumbrarse a la indefensión

¿Alguna vez has oído hablar del experimento de Seligman? Para quienes no lo conozcan, no es el típico experimento de laboratorio de química que nos viene a la mente. Es algo mucho más abstracto, profundamente arraigado en la psicología. Vamos a profundizar en ello. ¿Sueles volver a intentar cosas que no te salieron bien en el pasado o simplemente tiras la toalla? ¿Te dices a ti mismo: “No sirvo para dibujar, nunca pasé de hacer monigotes”? O quizás pienses: “Siempre suspendí los exámenes de física, es imposible que apruebe esta asignatura”.
Estos son momentos en los que nos rendimos ante cosas que no pudimos lograr anteriormente. Nuestro sistema se prepara así frente a un posible fracaso, protegiéndose tanto del desgaste energético como del dolor emocional. De este modo, evitamos el cansancio y la decepción. Seligman nos ilustra cómo funciona este impulso mediante un experimento social. Y aunque lo llamemos “experimento”, debemos reconocer que, por desgracia, se causó sufrimiento a algunos animales inocentes para alcanzar sus conclusiones.
¿En qué consiste el experimento de Seligman?
Seligman y sus colaboradores querían comprender hasta qué punto el concepto de “indefensión aprendida” puede condicionar a un ser vivo. Para que este sentimiento de impotencia arraigue, es necesario que el sujeto experimente un fracaso y que este se repita durante un tiempo. Con este fin, utilizaron un grupo de perros y los dividieron en tres categorías:
- Grupo de indefensión
- Grupo de control
- Grupo de escape
Primera fase
La diferencia entre estos grupos radicaba en las opciones que se les ofrecían ante una misma situación. El sistema era sencillo: los perros de los grupos de escape y de indefensión fueron colocados en jaulas donde, periódicamente, recibían descargas eléctricas a través de una rejilla metálica en el suelo. Por desgracia, los perros aprendieron con dolor que la descarga era inminente. En la jaula del grupo de escape, había un botón; si el perro lo presionaba, la descarga se detenía. En términos simples, el grupo de escape tenía la posibilidad de librarse del castigo. El grupo de indefensión no tuvo tanta suerte, ya que no contaban con ningún botón para detener la corriente. El grupo de control no participó en esta fase, ya que solo se buscaba evaluar la respuesta de los otros dos grupos.

Segunda fase
En esta etapa, se trasladó a los perros a una jaula distinta, dividida por una pequeña barrera que podían saltar fácilmente. Aquí, el grupo de control se unió a los otros dos. En esta nueva jaula, la zona tras la barrera no tenía electricidad, mientras que la anterior sí. Una luz avisaba al perro antes de que se aplicara la descarga; si saltaba al otro lado en menos de un minuto, evitaba el calambre.
En este punto, el grupo de control, que no había sido sometido a descargas previas, saltó la barrera sin problemas y evitó casi todas las descargas. El grupo de escape, al que se le había dado la oportunidad de pulsar el botón en la primera fase, comprendió rápidamente la situación y saltó al otro lado. Pero con el grupo de indefensión ocurrió lo que temíamos: como en la primera fase no tuvieron ninguna vía de escape, la mayoría asumió que no podía hacer nada, se rindió y se quedó en el sitio, sin intentar cruzar. Incluso aquellos que, por el impacto de la descarga, lograron moverse, cuando el proceso se repitió, volvieron a mostrarse pasivos.

Eso es exactamente la indefensión aprendida. En la segunda fase, los tres grupos tenían las mismas condiciones, pero tanto el grupo de escape —que ya conocía la situación— como el grupo de control —que se enfrentaba a ella por primera vez— actuaron de forma eficaz. Esto demuestra claramente el daño psicológico que la primera fase dejó en el grupo de indefensión.
¿Qué hemos aprendido?
Resulta evidente que esto es un mecanismo de “supervivencia” que nuestra mente crea para no volver a experimentar tristeza o decepción. El problema es que, como demuestra el experimento, este sistema no siempre es útil. Un ejemplo similar es el del elefante bebé en el zoológico: al no poder romper una cadena débil, cuando crece y se convierte en un animal inmenso, ni siquiera intenta romperla, a pesar de que ahora podría hacerlo sin esfuerzo.
El problema es que nosotros hacemos lo mismo en nuestras vidas. Aunque las condiciones cambien o hayamos evolucionado, a menudo nos rendimos por inercia. Debemos superar esto y ser capaces de reevaluar los obstáculos que se nos presentan bajo la luz de nuestras capacidades actuales.
Referencias y lecturas recomendadas
Nickerson, C. (2023, November 9). Learned Helplessness Theory In Psychology (Seligman): Examples & Coping. Simply Psychology. https://www.simplypsychology.org/learned-helplessness.html
Ackerman, C. E., MA. (2023, July 6). Learned Helplessness: Seligman’s Theory of Depression. PositivePsychology.com. https://positivepsychology.com/learned-helplessness-seligman-theory-depression-cure/
Nolen, J. L. (2009, August 17). Learned helplessness | Description, History, & Applications. Encyclopedia Britannica. https://www.britannica.com/science/learned-helplessness
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Publicado originalmente en turco en Doğa Filozofu. Esta versión al español se generó con traducción asistida por IA y puede contener errores o matices perdidos; agradecemos cualquier corrección.
