Manipular genes: ¿Son los OGM realmente tan malos como pensamos?

Cuando escuchamos el término «organismo genéticamente modificado» (OGM), la mayoría de nosotros pensamos inmediatamente en productos agrícolas o en los alimentos que consumimos. Sin embargo, a diferencia de lo que se cree, el concepto de OGM no nació como una tecnología diseñada para la producción de alimentos. En su definición más básica, un OGM es un organismo cuyo material genético ha sido alterado de forma consciente mediante métodos biotecnológicos modernos. En esencia, podríamos imaginarlo como la adición de una nueva «cualidad» a un ser vivo, tomada prestada de otro. Esta definición abarca plantas, animales y bacterias por igual.

A finales de la década de 1970, la ingeniería genética se encontraba en el umbral de un avance crucial. Los científicos ya comprendían la naturaleza de los genes y disponían de las herramientas necesarias para cortar y unir fragmentos de ADN. Fue entonces cuando surgió la gran pregunta: «¿Es posible hacer que un gen funcione dentro de otro organismo?». La primera respuesta práctica no llegó desde el campo de la agricultura, sino desde el mundo de la medicina. La idea se desarrolló originalmente para abordar la diabetes.
La insulina es una hormona vital producida por el páncreas en individuos sanos, encargada de regular el azúcar en sangre. Sin embargo, el cuerpo de los pacientes diabéticos no puede producirla. Durante muchos años, estos pacientes dependieron de insulina obtenida de páncreas animales. No obstante, este método no solo era costoso, sino que conllevaba riesgos considerables, como reacciones alérgicas.
La solución planteada no difería mucho de una producción industrial clásica; la única diferencia es que la «fábrica» era una bacteria. El gen de un ser humano sano responsable de producir insulina se integraba, mediante técnicas de ingeniería genética, en el material genético de la bacteria. A medida que esta se multiplicaba, el número de «fábricas» aumentaba, y cada una de ellas continuaba produciendo insulina humana. Gracias a este método, se desarrolló Humulin, un fármaco casi milagroso para los diabéticos. Este hito se convirtió en uno de los primeros grandes éxitos de la historia de la ingeniería genética, demostrando que la información genética puede transferirse de un organismo a otro y funcionar de manera eficaz.
¿Podría este éxito trasladarse también a la resolución de problemas en el ámbito alimentario y agrícola? Los estudios con plantas, iniciados en la década de 1980, dieron sus primeros frutos comerciales en 1994 con el tomate «Flavr Savr». Este tomate modificado genéticamente tardaba más en ablandarse, lo que evitaba que se pudriera y se desperdiciara durante el transporte o en los estantes de las tiendas.
Sin embargo, la generalización de la ingeniería genética en la agricultura ocurrió durante los años 90. El problema principal era evidente: los campos de maíz eran extremadamente vulnerables a las plagas, y durante mucho tiempo se intentó solucionar esto mediante el uso intensivo de pesticidas químicos. Estos productos no solo resultaban insuficientes, sino que suponían riesgos graves para la salud humana y el medio ambiente.
Fue precisamente aquí donde intervinieron los métodos genéticos, hoy a menudo señalados como los «asesinos de lo natural». Se añadió al maíz un gen extraído de una bacteria del suelo llamada Bacillus thuringiensis (o simplemente Bt), capaz de producir proteínas tóxicas para ciertos insectos.
De este modo, la planta de maíz se volvió resistente a las plagas, lo que permitió una reducción drástica en el uso de pesticidas químicos, contribuyendo a disminuir el daño tanto para la salud humana como para el entorno.
Ahora bien, es posible que se pregunte: ¿acaso estos OGM no tienen ningún efecto negativo en la salud humana o en el ecosistema? Analicemos con más detalle los impactos en estas áreas.
¿Cómo afecta esta nueva tecnología a la naturaleza?
Manipular la genética pone en manos humanas una herramienta extremadamente poderosa. No obstante, debemos tener presente cómo este poder puede alterar los equilibrios naturales. Uno de los peligros más serios es que los OGM puedan reducir la biodiversidad agrícola. Si bien una tecnología que reduce el uso de químicos tiene beneficios ecológicos claros, el hecho de que los agricultores abandonen las variedades locales en favor de unas pocas variedades de laboratorio podría significar la desaparición, con el tiempo, de cientos de especies vegetales que han evolucionado durante milenios. En la naturaleza, ninguna especie existe de forma aislada; todos los seres vivos están conectados como eslabones de una cadena. Por ello, la pérdida de biodiversidad no se limita a las plantas: afecta profundamente a todo el ecosistema, desde hongos hasta animales.

En los dibujos animados, los superpoderes suelen caer en manos de los héroes, pero en la agricultura no siempre ocurre lo mismo. A veces, ese poder termina en manos de un personaje inesperado: las «supermalezas». Hoy en día, dotamos al maíz de «superpoderes» para resistir insectos y pesticidas. Pero existe un peligro que no debemos pasar por alto: ¿qué ocurre si se produce una transferencia genética entre el maíz modificado y las malas hierbas que crecen en sus alrededores?
Aquí reside el riesgo real. Si las características del maíz modificado pasan a las malas hierbas, podríamos enfrentarnos a un escenario muy difícil de controlar. La aparición de una «supermaleza» resistente a los herbicidas y con capacidad de propagarse rápidamente representaría una amenaza seria para los ecosistemas agrícolas.
¿Y qué hay del impacto en los seres humanos?
Uno de los argumentos a favor de los OGM era precisamente la reducción del uso de pesticidas. Es cierto: quizás ya no necesitemos fumigar tanto para protegernos de las plagas. Pero, a cambio, nos topamos con el problema de las supermalezas que mencionamos antes, lo que nos obliga a recurrir a otros productos químicos para combatirlas. Es decir, dejamos un pesticida para sustituirlo por otro.
Como ocurre con cualquier compuesto químico, estos también tienen efectos nocivos para el ser humano y el medio ambiente. Ante esto, es natural preguntarse: «¿No se suponía que el objetivo de los OGM era protegernos de las toxinas de los pesticidas? ¿En qué quedamos?».
Precisamente por esto, la cuestión de los OGM no es blanca o negra. Al igual que la tecnología misma, puede ofrecer soluciones por un lado, mientras genera nuevos problemas por otro.

En realidad, el dilema de los OGM comparte el mismo destino que muchas otras tecnologías emergentes. Utilizándolos correctamente y refinándolos día a día, es posible alcanzar un escenario más favorable. Sin embargo, no debemos ignorar que un poder tan grande, como es el de controlar y alterar genes, conlleva el riesgo de desequilibrar la naturaleza. El verdadero reto es recordar que cada movimiento con una tecnología tan poderosa tiene consecuencias, y que un problema que creemos haber «resuelto» podría reaparecer en otro lugar bajo una nueva forma.
Referencias y lecturas recomendadas
Brookes, G., & Barfoot, P. (2020). GM crops: global socio-economic and environmental impacts 1996–2018. GM Crops & Food, 11(4), 215–241. https://doi.org/10.1080/21645698.2020.1773198
Food and Drug Administration. (n.d.). Science and history of GMOs and other food modification processes. https://www.fda.gov/food/agricultural-biotechnology/science-and-history-gmos-and-other-food-modification-processes
Giller, K. E., et al. (2024). [Article on agricultural biotechnology and GMOs]. Science. https://www.science.org/doi/10.1126/science.ado9340
Johnson, I. S. (1983). Human insulin from recombinant DNA technology. Science, 219(4585), 632–637. https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/8299470/
University of Arkansas. (n.d.). [Article on genetically modified organisms]. ScholarWorks. https://scholarworks.uark.edu/cgi/viewcontent.cgi?article=1130&context=jflp
Publicado originalmente en turco en Doğa Filozofu. Esta versión al español se generó con traducción asistida por IA y puede contener errores o matices perdidos; agradecemos cualquier corrección.
